‘Fun Home’: cómics autobiográficos de lesbianas

Fun Home y Mi experiencia lesbiana con la soledad

En el mes del arcris he seleccionado estos dos cómics autobiográficos escritos por lesbianas. No es una selección caprichosa, se trata de dos obras de arte que conjugan en cuanto a estética —guardando distancias— y temas como la exploración de la sexualidad y la indagación en los mecanismos de las relaciones —lejanas siempre de la idoneidad—, entre madre/padre-hija. Ambas son un ejercicio sincero de purificación, donde profundizar en la historia propia se convierte en una necesidad casi catártica —para artistas y, después, lectores—. El nivel (auto)reflexivo alcanza tal profundidad, que la elección del componente autobiográfico no solo queda justificado, sino que parece la única posibilidad efectiva para ambos casos. Son dos cómics que abordan el plano narrativo y estético con tal inteligencia que convierten lo autobiográfico en productos ficcionales de gran universalidad. La (auto)biografía siempre es ficcional, desde luego, pero eso no quiere decir que por ello supere su localidad necesariamente. Como diría Yourcenar —muy mal parafraseada—, no basta con que un escritor sienta tener algo personal que contar, sino que es necesario que preste una atención casi médica a lo que reflexiona y a lo que le rodea —lo vi hace unos días en Facebook—. Tanto Alison Bechdel como Nagata Kabi evitan apresurarse a contar sus vivencias personales, lo que dibujan y escriben está sustentado sobre una firmísima base de introspección y planificación narrativa, casi palpables página a página.

En esta entrada voy a hablar de Alison Bechdel y su Fun Home, pero advierto que nada de lo que diga le puede hacer realmente justicia a este cómic maravilloso.

**. Clic en las imágenes para ampliar **

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Título: Fun Home. Una familia tragicómica
Autora: Alison Bechdel
Traductora: Rocío de la Maya
Año: 2008
Primera edición: 2006
Editorial: Reservoir Books
Género: Cómic
Valoración: Me gustó

Fun Home. Una familia tragicómica es un cómic sobre la relación de Alison Bechdel con su padre, Bruce, un profesor de inglés y director de la casa funeraria del pequeño pueblo Beech Creek, Pensilvania. La historia parece un ejercicio terapéutico para liberarse del peso de la muerte —probablemente suicidio— de Bruce, tan solo unas semanas después de la salida del armario de Bechdel. A través de los ojos de Alison y los filtros propios de los recuerdos, veremos a un personaje multifacético, apasionado por la restauración, la decoración y la literatura, y a un hombre frío, padre autoritario, marido violento y homosexual encubierto. Esta imagen se suaviza conforme Alison crece y se vuelve, a ojos de su padre, algo así como su igual intelectual, alguien con quien hablar de Faulkner o Joyce. De cualquier forma, toda esta complejidad dual, el enfrentamiento entre lo verbalizado y lo omitido, la heterosexualidad fingida y la homosexualidad admitida, los recuerdos oscuros junto con los más cálidos, bordan un humanísimo y unapologetic relieve sobre lo que, de otra forma, sería una gélida historia acerca del desconocimiento y la lejanía intrafamiliares.

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Si hay una palabra para describir a Alison Bechdel, esta es ingeniosa. Haciendo gala de una formidable —e intimidante— inteligencia y talento artístico, tanto en el nivel visual como narrativo, consigue construir una historia que, sin dar nunca la espalda al humor —de ahí lo de tragicómico— indaga desde múltiples frentes en sus recuerdos y archivos personales para dotar de profundidad y complexión a su pasado y a la figura de su padre. Sin aferrarse al orden cronológico, Alison niña, adolescente y joven adulta proporciona distintas focalizaciones que abarcan no solo al propio Bruce y los motivos ocultos de su posible suicidio, sino también al resto de integrantes de su familia —”Nuestra casa era como una colonia de artistas. Comíamos juntos, pero aparte de eso cada uno se ensimismaba en sus distintas aficiones”—. Mientras, en el plano de la introspección, nos muestra sus propias experiencias vitales, superaciones personales —desde admitir a su madre que le ha venido la regla, hasta superar una fase severa de TOC—; nos muestra  la exploración de su sexualidad y la difícil convivencia con los estándares sociales heteronormativos que la incomodaron siempre. Esa incomodidad, por cierto, la comparte con ella, pero a la inversa, su propio padre. La realidad queer de ambos personajes proporciona a Bechdel un punto de anclaje seguro, que enriquece en gran medida —como si no la desbordara de por sí— la originalidad en la transmisión de sus memorias.

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Quizás como un tributo a su padre, un apasionado de la literatura, Bechdel construye Fun Home en siete capítulos centrifugados por distintos clásicos literarios, pero en general la intertextualidad salpica la novela gráfica de principio a fin. No solo nos muestra ingeniosos paralelismos entre su propia historia con Ícaro u Odiseo, o la de su padre con autores como Fitzgerald, Proust o Wilde, sino que recurre también a una fuente de archivos reales para reconstruir y perfeccionar sus memorias: denuncias de la policía, diarios personales, archivos fotográficos y ejemplos de correspondencia. La abundancia de intertextualidad y metaliteratura, combinadas con el cómic —un cómic, además, donde viñeta y texto se complementan a la perfección—, da como resultado una obra de gran complejidad, con múltiples capas de profundidad psicológica y narrativa, y una clara inspiración en los estándares de la posmodernidad. En realidad, la sensación general es que hay una remoldeación de los mitos occidentales de siempre, donde confluyen narrativas de diversos prismas sobre las relaciones paterno-filiales y el cambiante imaginario queer a lo largo del siglo XX, y todo bajo el marco del momento histórico de la autora —Stonewall, el escándalo de Watergate, la teorización feminista—.

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Por casualidad me he ido encontrando con varias obras que trabajan  los temas y mitos de las relaciones de madre-hija, y también mencioné mi fijación —desaprobatoria— con las narrativas de padre-hijo, que me parecen pobres en general y cansinamente prolíficas. Esta novedosa —poco explorada, en mi opinión— relación de padre-hija, y no solo eso, padre gay – hija lesbiana no es sino un valioso aporte a la base de datos, tan limitada aún, de los arquetipos filiales.

What drives the story is the relationship between the father and the daughter. Maybe that’s allowed to happen because the fact that they’re both gay strips away a lot of the incest-taboo stuff. You can really get into that without worrying about it. [But] I think we’re all really hungry to see the father-daughter relationship explored. You don’t see a lot of that anywhere, in a way that’s not sort of quasi-romantic, you know? Like Father of the Bride or something

Alison Bechdel on ‘Fun Home”s Tony-Award Triumph

primera pagina

La paleta basada en el azul hace de Fun Home un cómic de estética fría, pero la frialdad no es total porque se solventa con el detalle en la presentación del cómic. Hay un cuidado estético y simbólico en las viñetas muy gratificante, en parte porque se va desvelando durante la lectura —si se está atento—, y en parte porque transmite la planeación y reflexión que caracteriza a la obra. El balance entre la profundidad psicológica y las elecciones gráficas en cuanto a lenguaje corporal, expresiones o detalles ornamentales es certero. No hay descuidos, ni en forma ni en contenido.

Fun Home tampoco tiene fallos en cuanto a la aproximación de lo autobiográfico. Destaca el modo sensible y sesudo de revisitar el pasado, la combinación de la acidez y el humor, los planos y ángulos en los dibujos que evocan recuerdos reales (la postura de su padre de pie, su ropa, etc.), o la forma de abordar la historia desde distintos puntos de partida, momentos temporales y temas. Al final el resultado es una obra sin grietas, cerrada, total.

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Mandíbula: la terrible inquietud del horror blanco

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Autora: Mónica Ojeda
Año: 2018
Editorial: Candaya
Género: Novela
Valoración: Me gustó

Madre-hija y perversión

Estar dentro de la boca de un cocodrilo, eso es la madre —Lacan— cita Mónica Ojeda en uno de los diez epílogos que abren Mandíbula. Es difícil imaginar una efigie así de tierna y terrible a partes iguales. La mordida del cocodrilo es la más poderosa sobre la tierra y que sea justamente dentro de esa máquina de matar donde la madre cocodrila recoge a su cría —tan pequeña, tan delicada—, nos sugiere un acercamiento a las relaciones materno filiales alejadas de las narrativas tradicionales, limitadas a la superficial dicotomía de la madre amorosa y la mala madre. Siempre somos susceptibles de ser lastimados por nuestras madres; incluso el mismo deseo de la madre de proteger al hijo —aunque en este libro son todas hijas— puede desembocar en perjuicio; y los hijos, también, hacemos daño a nuestras madres. Por todo esto es tan poderoso el nombre de la mandíbula, ese mecanismo potente, pero que evoca lactancia —“el amor empieza con una mordida y un dejarse morder”—, que evoca erotismo, que evoca violencia. La mandíbula nos sugiere tanto el vínculo más bello entre madre-hija como el más oscuro y perverso. …la mandíbula de la muerte / de la mandíbula caníbal de la muerte  —Leopoldo María Panero—, dice el segundo epílogo.

Controlaría su lengua: sometería su músculo más bárbaro como debió haberlo hecho antes, cuando intentó entrar —sin permiso— en la boca de su madre con un beso que ella rechazó golpeándola con los nudillos en la frente.

Aunque el libro reflexiona sobre distintas relaciones de mujeres, como la de “mejores amigas” o la de alumna-profesora, el poso de todas ellas es la de la madre y la hija. Las tres protagonistas, las quinceañeras Annelise y Fernanda, y su profesora de lengua, Clara, comparten la experiencia traumática con la madre, aunque cada trauma de una naturaleza muy distinta: miedo, deseo, desprecio…

Ojeda

Clara era capaz de reconocer en su actitud una violencia taimada que impuso, de forma inconsciente pero prolongada, sobre alguien —la madre— a quien no le había quedado otra opción que irse muriendo mientras ella —la hija— crecía como un árbol encima de su muerte.

Todo lo que escribo se reduce a dos o tres palabras / Madre Hija Hermana / Es una trilogía no prevista por el Psicoanálisis —Victoria Guerrero—, dice el tercer epílogo.

La trama abre con el secuestro de la profesora Clara a su alumna y, a partir de distintos saltos temporales, reconstruye todos los antecedentes que fueron a converger en el crimen. Ojeda nos demuestra así lo somera que es la dicotomía víctima-victimario —es una segunda dicotomía desmentida—, las hebras que conforman el tejido de cada parte implicada —la profesora, las madres, las hijas, las alumnas, las amigas— se manifiestan tan culpables como inocentes, tan verdugos como condenadas.

El miedo

El lugar de encuentro entre las tres protagonistas es el Colegio Bilingüe Delta, High-School-for-Girls, un colegio del Opus Dei. Es un espacio que evoca un ambiente blanquísimo, y que se ensaña en la represión del cuerpo, especialmente del cuerpo de la adolescente, que es potencialmente perverso y maligno, porque es de repente sexual, menstrual, deseado y deseoso. “En los colegios Opus Dei, [el] estatus se sostenía sobre la base de la autoridad y el orden”.

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En paralelo a este sitio empeñado en la corrección y la anulación del cuerpo y de la fantasía, un segundo espacio es provisto en la novela: una guarida secreta junto a un manglar. Fernanda y Annelise junto a su grupo de amigas liberan el cuerpo y la imaginación sometiéndose a distintos retos físicos y psíquicos —se dan patadas y golpes, caminan por los bordes de las paredes destechadas, se cuentan historias de terror—, mientras conviven con la salvaje naturaleza de su entorno, infestada de toda suerte de reptiles grandes. “Estar asustada te hace sentir muy viva y muy frágil“, dice Fernanda en un momento a su psicoanalista —un personaje que se mantiene mudo durante toda la novela—. Es en el momento justo en el que sentimos nuestra mortalidad como nuestra cuando más vivos nos sentimos, por eso es que hay una alegría en el miedo —Joanna Baillie—, como dice el cuarto epílogo.

 

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En la convivencia extramural hay una vuelta a lo salvaje y a lo oscuro —ciertas puntadas psicológicas remitían a El señor de las moscas—. El grupo de amigas consolida fuera del colegio y fuera de casa el refugio ideal, donde cada una puede poner a prueba los límites de su cuerpo y de su mente. Mientras, en conjunto, alimentan la atmósfera del miedo a través de una serie de ritos inventados en torno al Dios Blanco, que no es sino el nombre del Terror.

Fernanda y Annelise, consumidoras tenaces del género de terror —y, especialmente, de las creepypastas— adoptan la búsqueda del miedo como un estilo de vida, quizás por sus carencias, quizás por la adolescencia en la que hay una desbocada hambre de experiencias: El horror ligado a la vida como un árbol a la luz —George Bataille—, quinto epílogo. Ellas lo ignoran, al menos al principio, pero a la par que persiguen la adrenalina que les despierta el miedo, son objetos de terror en sí mismas, en sus cuerpos adolescentes: ellas también forman parte del imaginario del horror blanco. 

En la adolescencia puede aflorar lo más bello o lo más horrible, como en lo blanco puede existir tanto la pureza como la podredumbre

Lo limpio se ensucia, la inocencia se pervierte, lo casto se sexualiza; la infancia límpida se llena de flujos y protuberancias (menstruación, pezones, vello púbico). Por eso lo blanco es tan inquietante: su corrupción es tan latente como inminente.

«Todo ángel es terrible»

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Hacia la mitad del libro, Ojeda introduce una carta-ensayo escrita por Annelise y dirigida a su profesora Clara, quizás como un pretexto para desarrollar una teoría “sobre y no del” —como dice la remitente— horror blanco (es un capítulo excelente). La intención de trasfondo de Mandíbula es elaborar una reflexión en torno al miedo. Mientras sus personajes ansían sentirlo dentro del cuerpo, la autora explora los mecanismos que lo provocan, impulsada quizás por aquellas palabras de Lovecraft: “el horror está en la atmósfera”.

Están ahí los ángeles de Evangelion y los ángeles de Rilke:

¿Quién me oiría, si gritase yo, desde la esfera de los ángeles? / Y aunque uno de ellos me estrechase de pronto / contra su corazón, su existencia más fuerte / me haría perecer. Pues lo hermoso no es otra cosa que el comienzo / de lo terrible en un grado que todavía podemos soportar / y si lo admiramos tanto es sólo porque, indiferente, / rehúsa aniquilarnos. Todo ángel es terrible.

— En Elegías de Duino, Hiperión, 1999. Trad. Jenaro Talens

“Ein jeder Engel ist schrecklich”, dice la elegía en alemán. Tanto terrible como schrecklich figuran en el diccionario como lo que causa terror/horror, pero también lo que es desmesuradamente grande.

Estos ángeles parecen cercanos a la idea del horror de Lovecraft. A la vez, al ángel nos lo figuramos como un ser de luz: puro, blanco, total. Era la blancura de la ballena lo que me horrorizaba por encima de todas las cosas —Herman Melville— cita Ojeda en los epílogos. ¿Qué tienen en común estos ángeles, Galadriel, los vampiros, o el resto del imaginario del terror más relacionado a la blancura? Todos ellos son pureza, y sabiduría, pero también frío y muerte en consecuencia; y, a su vez, sobrehumanidad. Es justamente por ello por lo que están por encima de toda obra humana, porque la perfección no se detiene en la nimiedad de la benevolencia o la piedad. Por eso el ángel rilkeano se rehúsa a aniquilarnos, por eso Annelise le escribe a Clara:

Pues bien, esto es lo que somos para los Antiguos de Lovecraft y para el Dios Blanco: hormigas que corren por el inmenso espacio donde lo inexplicable se mueve. Y una vez que esta verdad se nos revela, un nuevo vértigo se abre […]. Podemos darnos cuenta de nuestro verdadero tamaño, de nuestra insignificancia respecto a la naturaleza y al universo. Y después de eso lo único que nos queda es la locura: el horror mayúsculo que destruye todo sentido.

El horror cósmico lovecraftiano —como recoge uno de los epílogos: …más allá se alzaba la cumbre blanca y fantasmal del monte del Terror, de diez mil novecientos pies de altura y ahora extinto como volcán, H.P. Lovecraft— es abordado por Annelise para justificar ante su profesora por qué el horror blanco —de su propia invención, y alimentado por el misticismo de las Escrituras, tan familiares para ella durante su formación en un colegio Opus Dei— es el más terrible de todos los horrores.

Y los libros (bueno, algunos) dan mucho miedo. Creo que es porque nada de lo que se cuenta en ellos puede ser visto, sino apenas imaginado […] una adaptación al cine de un relato de Lovecraft jamás podría asustar a nadie porque el horror cósmico no tiene imagen. Ese es su problema y principal virtud: no puede verse, por eso genera tanto espanto.

Todo ejercicio de la palabra es un lenguaje del miedo —Julia Kristeva—, nos dice Ojeda en los epílogos. El horror blanco de Annelise coincide en que el más terrible de los miedos es el miedo a lo desconocido. Lo blanco no se puede mirar si es realmente blanco.

No me refiero a un espanto que te haga temblar y tener pesadillas […] sino a una inquietud, algo así como una presencia sentada al fondo de ti. Esa presencia no es una persona, ni una cosa, ni un animal. Carece de forma, pero se compone por todo lo que no puede ni siquiera pensarse.

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Conocí a Mónica Ojeda en su última visita a Salamanca. I’m very happy

Sin embargo, el terror que provoca el desconocido no es siquiera comparable al terror

que sentimos al desconocer algo que pensábamos conocer. Es justamente lo verdaderamente cercano a nosotros lo que más nos puede horrorizar: cuando la profesora secuestra a la alumna, cuando la hija besa en la boca con lujuria a la madre.

Aunque Mónica Ojeda nos ofrece un estudio sobre el terror sin escribir una novela de género, indudablemente bebe de formas y recursos propios del terror y del thriller. El resultado es una novela que mantiene una tensión incesante con sobrecogedora capacidad de sorprender al lector, por su reflexión, por su destreza en los usos simbólicos, por su acertado balance entre lo sugerente y lo explícito. Es una novela que merece la pena leer, y estoy segura de que en ella encontrarán placer tanto los adeptos a la literatura de género como aquellos que la consideran “de segunda”. cof elitistas cof.

‘El baile’: literatura, fuente de la locura

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Autora: Irène Némirovsky
Traductora: Gema Moral Bartolomé
Año: 2015 (2006)
Primera edición en francés: 1930
Editorial: Salamandra
Género: Novela corta, nouvelle
Valoración: Me gustó

Tengo la sensación de que los que conocen a Irène Némirovsky, autora judía de procedencia ucraniana, lo hacen por aquella sorprendente historia sobre el rescate de su novela Suite francesa, publicada en 2004, 62 años después de la muerte en Auschwitz de Némirovsky. Es verdad que la historia es tan increíble como desgarradora (no la cuento aquí porque está everywhere en internet, por ejemplo, al final de esta entrada). A pesar de que su publicación fue póstuma, resultó merecedora del premio Renaudot, otorgado por primera vez a unx autorx fallecidx. A partir de ello el nombre de Némirovsky fue catapultado y Suite francesa traducida a muchos idiomas acto seguido de su publicación, más de un millón de copias fueron vendidas en todo el mundo. En español, Salamandra tomó la iniciativa y editó 13 títulos de la autora.

A pesar de que los años previos a Suite francesa fueron de modesto olvido, la verdad es que Iréne Némirovsky fue también famosa en su propia época. David Golder, su primera novela, fue rápidamente admitida por la editorial Grasset —Némirovsky la envió bajo anonimato y la editorial se vio en la necesidad de buscar al responsable de la obra mediante un anuncio en el periódico—, y un año después, en 1930 y con tan solo veintisiete años, saltó definitivamente a la fama con El baile. A partir de ese momento, su producción fue prolífica, al menos mientras pudo serlo, porque en 1940 el antisemita gobierno de Vichy le impidió seguir publicando —y al resto de judíos seguir trabajando—.

El baile es un relato largo, una nouvelle caricaturesca y tensa a partes iguales, sobre una familia de nuevos ricos, los Kampf, que anhela el reconocimiento de su nuevo estatus socio-económico por parte la alta sociedad francesa. Con esto en mente, deciden ofrecer un gran baile, un baile inolvidable, con doscientos invitados distinguidos. Sin embargo, en medio de este entorno entusiasta y soñador, en silencio se asoma una amenaza que podrá frustrar los planes de los Kampf. Antoinette, única hija del matrimonio, con catorce años y un espíritu —enfermizamente— soñador, herida por no poder asistir al baile —lugar idóneo para conocer a un caballero—, encontrará la forma de vengarse de sus progenitores y sabotear el tan anhelado evento. No se trata de un plan elaborado y premeditado, ni mucho menos, sino de casi una casualidad, un momento en el que el oportunismo y los impulsos se alían para desencadenar una desgracia silenciosa. Este momento crítico para las ambiciones de los Kampf lleva la narración a su máximo punto de tensión, que después no volverá a relajarse hasta la última página del libro.

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En este relato, Némirovsky apuesta por un narrador en tercera persona de lo más tradicional, con un tono ligero y buen balance entre narración y diálogo, y una trama casi absurda, protagonizada por personajes que más bien se acercan a meras figuras: caricaturescos, incluso grotescos. Los complejos de clase y religión —el señor Kampf es un católico convertido—, las exigentes convenciones de decoro, la corrupción humana por dinero y estatus, el individuo por encima de la familia, son rasgos que la autora agudiza hasta crear seres deformados por la envidia y la ambición. Aunque el tono sea marcadamente satírico, las construcciones psicológicas brillan por acertadas, de modo que la demanda social del relato, un claro retrato de la clase más privilegiada en el París de los años 20, cercanísimo a la propia Némirovsky, cobra una gran solidez.

Aunque este retrato tan fiel y tan caricaturesco a partes iguales es central en la lectura, para mí la figura de Antoinette es la de mayor interés por su poder narrativo, y la quiero comentar desde dos puntos de vista distintos. Sabemos ya que la ficción representa la realidad, pero que también tiene un inmenso poder de determinarla, que el consumo de narrativas a lo largo de nuestra vida nos hace ver convenciones arbitrarias, condicionadas por las relaciones de poder, como verdades incuestionables. Si estas narrativas no se modifican, si no son sometidas al análisis y a la reflexión, difícilmente cambiarán las relaciones de poder de la sociedad.

Madre-hija

La construcción de la relación que mantiene Antoinette con su madre es terrible, fría y combativa. Antoinette representa a la temprana juventud, a la mujer en potencia, y su madre Rosine, a la mujer olvidada. En ese sentido ninguna ocupa el lugar que desea, pero en el fondo son la misma: la que es demasiado joven y la que se ha vuelto vieja para el mundo. Suelo dedicar tiempo a pensar en las narrativas que se construyen en torno a las relaciones de padre-hijo y madre-hija, que son, obviamente, muy distintas. Mientras el hijo busca el reconocimiento del padre —solo quiero que esté orgulloso de mí, bla bla bla— y se lo tiene que ganar activamente, la hija reemplaza a su madre casi por inercia, por lo que las relaciones entre ambas son espinosas. Desde una edad temprana la hija asumirá las responsabilidades propias de las mujeres sin la intención de alcanzar ninguna meta, pues simplemente es lo que se espera de ella. La madre —que, por cierto, muchas veces es madrastra—, envidiosa y ensimismada, verá a su hija como una amenaza, por su juventud, su belleza, su encanto y frescura.

En este caso Antoinette no es una princesa encantadora, sino una caricatura de adolescente, dolida por el rechazo constante de su madre, pero el arquetipo es el mismo.

¡Ah! Déjame tranquila, ¡eh!, me molestas; mira que llegas a ser pesada, tú también”, y Antoinette nunca volvió a darle otros besos que no fueran los de la mañana y la noche, que padres e hijos intercambian sin pensar.

Ambas mujeres están condicionadas a competir por un mismo puesto. Así nos enseña la narrativa que son las relaciones entre mujeres: regidas por la envidia y la competencia. Tenemos que ser la manzana más brillante o nadie nos comprará. Estas narrativas perpetuadas durante siglos conforman roles de género reales, muy poderosos y peligrosamente estáticos. Némirovsky parece ser consciente de ello:

Fue un segundo un destello inaprensible mientras se cruzaban “en el camino de la vida”; una iba a llegar, y la otra a hundirse en la sombra.

La literatura, fuente de locura

Además de la reflexión en torno a las relaciones materno-filiales, Antoinette representa de otra manera la influencia de la narrativa en el mundo real, porque es una manifestación más del mito de don Quijote. Consumir ficción supone un riesgo permanente: a don Alonso Quijano el cerebro se le secó por leer novelas de caballería, y Emma Bovary murió sola por sus expectativas de amor, al menos tal y como sus lecturas se lo habían representado. La literatura como la fuente de la locura no es ajena a nosotros-lectores en nuestro día a día: consumimos series, libros, programas de televisión, conscientes de que no son de verdad, conscientes de la línea que separa el plano de la ficción y el plano real, pero muchas veces subestimamos la fuerza que puede ejercer la narrativa sobre nuestro comportamiento.

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Sabemos que la locura de don Quijote no es del todo verídica, pero que le permite ser, a pesar de lo paródico, profundamente respetable. Sabemos que Emma, personaje trágico, víctima de la ingenuidad y la crueldad de la sociedad, cae en la desgracia por creer en un mundo que la literatura le aseguraba que existía. Antoinette no es heroica y su destino no es trágico, pero aunque es un personaje carente de grandezas y virtudes, sin duda sufre la locura quijotesca. El problema es que todos la sufrimos, y la hemos sufrido a la edad de Antoinette: durante la adolescencia nos encontramos especialmente vulnerables ante los códigos que irradian las narrativas de cada día. Las asimilamos sin darnos cuenta de que lo estamos haciendo. Así le pasa a Antoinette con su anhelo de amor. Antoinette es una joven y deformada Madame Bovary del siglo XX.

Tenía catorce años, era una jovencita y, en sus sueños, una mujer amada y hermosa… Los hombres la acariciaban, la admiraban, como André Sperelli acaricia a Hélène y Marie, y Julien de Suberceaux a Maud de Rouvre, en los libros… El amor… Se estremeció.

La no correspondencia de ficción-realidad es realmente el motivo que empujará a Antoinette a llevar a cabo la venganza contra sus padres y sabotear su baile: porque se le ha negado el protagonismo, la oportunidad de presentarse en sociedad, de conocer a los hombres distinguidos de París, de cumplir con los protocolos del cortejo. Ella interpreta todo esto como suyo casi por derecho.

En definitiva, la lectura de El baile, rápida y divertida, nos retrata la corrupción humana, el poder de las fantasías y el peligro de aceptar ciegamente las narrativas que nos son impuestas —el storytelling está en todas partes—. Un relato caricaturesco y breve, pero agudo y certero en su crítica. Ideal para una tarde larga.

‘Thérèse e Isabelle’: poesía y erotismo desde el país de los meteoros

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Los ojos atentos lo descubrirán…

Autora: Violette Leduc
Año: 2015
Primera edición: 1966
Editorial: Mármara
Género: Novela corta
Valoración: Me gustó

 

Violette Leduc

Hablas de la sexualidad de la mujer como ninguna otra lo ha hecho. Con poesía, verdad y mucho más.

(Simone de Beauvoir en Violette, 2013)

Aunque hasta ahora había sido condenada al olvido injustamente —como tantas otras—, se están realizando ciertos esfuerzos por rescatar a la tempestiva Violette Leduc. Martin Provost le da vida en la gran pantalla en 2013 (Violette), ofreciéndonos así a la mujer emblemática que fue: explosiva, genuina, genial. En 2015 Mármara edita en español, bajo la traducción de Delfín G. Marcos, con algunas erratas editoriales, pero en fin, eso es mejor que nada, Thérèse e Isabelle —queridas editoras y traductoras: ¡Leduc!—. Aun así, el nombre de la autora permanece oculto inmerecidamente. Hablamos de una mujer contemporánea a Simone de Beauvoir, y avalada por esta, que se acercó en su literatura por primera vez a una serie de problemas cuyo núcleo en común es ser mujer.

Coge tu pluma. Con ella puedes cambiar las cosas. Gritar no te llevará a ninguna parte. Escribir, sí.

(Simone de Beauvoir en Violette, 2013)

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La obra de Leduc es autobiográfica en su totalidad, y en ello también consiste la importancia de su legado —la propia Beauvoir lo vio con claridad en su momento y le aconsejó/advirtió que lo mejor sería mantener una línea estrictamente autobiográfica—. Dado que la personalidad de Leduc era impulsiva y pasional, su vida ofrecía mucha tela de la que cortar, y la línea autobiográfica le bastó para abordar temas de urgencia, especialmente para los albores del feminismo en la Francia de mediados del siglo XX: lo que supone ser mujer y ser pobre —ella no tenía una habitación propia—, la imposibilidad de estudiar y de trabajar, la exploración de la sexualidad desde el sujeto-mujer, su bisexualidad, el aborto autoinducido —e ilegal—, la problemática condición de bastarda, la relación tóxica y complejísima con su madre, la cruz de no ser “guapa”. Todas estas cuestiones son relatadas, sin tapujos y con un acercamiento honesto, con una maravillosa prosa de gran riqueza léxica.

Todos los escritores aspiran a la sinceridad […] No conozco a ninguno más honesto que Violette Leduc.

(Simone de Beauvoir en Violette, 2013)

La genialidad de Leduc no solo consiste en su personalidad impredecible e intensa —no hay otra palabra para ella: intensa—, sino en su asombrosa capacidad de evitar toda autocensura. De cierta forma, su genialidad era fortuita, como sin querer, porque se limitaba a ser auténtica, sin pretensiones ni afanes de demostrar nada. Lo que leemos es lo que ella es por dentro: torbellino de emociones y reacciones.

Thérèse e Isabelle

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Algo repta en mi estómago. Tengo miedo: tengo un pulpo ahí dentro.

Thérèse e Isabelle es una novela erótica de 122 páginas sobre el primer amor entre dos adolescentes que estudian y viven en un internado. Desde la focalización de una obsesiva Thérèse, recorremos, como si estuviéramos en las propias entrañas de la narradora, su intenso despertar sexual y la maraña de emociones propia del descubrimiento del amor por primera vez. Thérèse ama y lo hace con aferro, con entrega y con furia, como una necesidad, con tristeza, con pasión infinita y desilusión frágil.

Isabelle ha dicho que ya está bien por hoy. Esta es la noche de las barricadas. Su olor me pertenece. He perdido su olor. Que me devuelvan su olor. ¿Estará durmiento? Claro que sí, estará durmiendo en la tumba que tiene por cama, saboreará el olvido en su almohada. Se ha deshecho de mí: me tiene bien atrapada. No puedo descansar sobre quien ya no existe. Tiro mi linterna, me ensaño con los barrotes del cabecero de mi cama, muerdo la pastilla de jabón, mastico el dentrífico, me araño, me mortifico.

El impulso de los sentimientos hace que Thérèse se olvide del peligro a ratos, y que a ratos se sienta vulnerable —por ser descubierta, por la siempre amenazante posible pérdida, por la inminente separación—, un despojo en potencia.

Cuando se ama siempre se está en el andén de la estación.

Un amor prohibido se tiene que mantener oculto, pero a la vez quiere desafiar al mundo y estallar en las caras de todos; en esta encrucijada, con sueños de eternidad y promesas inverosímiles —“descubríamos que éramos actrices natas”— se reúnen ambas jóvenes por la noche en silencio, desafiando cada vez a la suerte —en cualquier momento, la supervisora con el sueño ligero, una estudiante chivata, un ruido de más…—.

Hablamos. Una pena. Cosa que decimos, cosa que asesinamos. Las palabras que no medren, que no embellezcan, acabarán marchitándose en el interior de nuestros huesos.

Si leyéramos el libro de forma descontextualizada, podría parecer un fan fic de shoujo-ai lleno de fan service y extremadamente bien escrito —ojo: yo jamás diría algo así de forma despectiva. Soy consumidora de shoujo-ai desde hace quince años, y con orgullo—. De hecho, en la película me pareció muy gracioso cuando Leduc le dice a Beauvoir “Nadie está interesado en dos chicas que se acuestan”. Ay, Madame, if you knew. Si supieras lo prolífera que es la ficción sobre lesbianas colegialas en el siglo XXI (💁🏿‍♀️). Evidentemente el valor agregado es que nadie lo había hecho así antes que ella —Patricia Highsmith escribió Carol también en los cincuenta—: al menos no tan sexual, no tan explícito, no tan íntimo.

En una funda avariciosa, el dedo siempre será un intruso. Me contraje para alentarlo, me contraje para aprisionarlo […] El dedo furioso me apuñalaba una y otra vez. Sentía contra mis paredes una anguila inquieta que se precipitaba hacia su muerte.

Y no lo digo yo: le costó la censura. Originalmente, Thérèse et Isabelle conformaba la primera parte de otro libro, Ravages, pero la editorial juzgó que la sección sobre la historia lesbo-erótica era mejor no incluirla en la publicación. Leduc tuvo que esperar hasta 1966 para ver la historia de su amor adolescente en las librerías, 11 años más tarde, y solo después de alcanzar la fama gracias a La Bâtarde (1965).

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Además de una obra sincera y erótica hasta decir basta —o hasta sacarte los colores—, Thérèse e Isabelle es un libro de una prosa tan deliciosa como atropellada. El lenguaje es desconcertante; los diálogos, ilógicos; la narración, discontinua. Thérèse, inmersa en sus pensamientos y sentimientos enredados, muchas veces abandona la empresa de narrar la acción, obligando al lector a enterarse de los acontecimientos, casi por accidente, a través de los diálogos, como en una obra de teatro confusa, como andando en la oscuridad con los brazos extendidos, como la propia Thérèse a tientas en busca de la cama de Isabelle, camuflada en la penumbra nocturna. Sin embargo, lo que más llama la atención del estilo es toda la poesía que se intercala entre las palabras en prosa.

En cada oración hay una sorpresa, una palabra en el lugar preciso que hace que todo lo demás se tambalee.

Entré en su boca como se entra en la guerra.

o…

Perfilé una cierva en hilo de vidrio, la tocaba sin alcanzarla con mi lengua de joven, introduje piedras preciosas en su boca.

Podría seguir. Este libro es casi todo él citable.

La calidad de la prosa poética es estremecedora, y en más de una ocasión sentí que no estaba leyendo bien el libro, porque lo estaba engullendo. Sospecho que pasé muchas cosas maravillosas por alto al leer demasiado deprisa.

A pesar de que es una historia cuyo espacio se limita casi exclusivamente al internado, en el que la trama se construye del anhelo sexual y los encuentros desesperados, Leduc introduce otros elementos que trascienden al plano meramente erótico. Las contradicciones que nacen del querer a alguien; la tensión que produce sentirte observada cuando estás en una relación “culposa” —quizás la más frecuente muestra de homofobia en la calle hoy en día—, porque Thérèse se siente constantemente espiada “nos están viendo. Nos están mirando”, “tienes miedo hasta de tu sombra”. Además, el contraste entre la pasión desbordante del amor cuando se ama en el presente frente a la indiferencia que provoca el recuerdo del mismo amor en el futuro; los límites borrosos del extraño vínculo con su madre —“he conocido a Isabelle, tengo a alguien. Pertenezco a Isabelle, ya no pertenezco a mi madre”—, etc. En otras palabras, es un libro satisfactorio sin importar el grado de profundidad de la lectura. Como novela erótica es excelente, pero están también ahí los trasfondos sociales, marginales y psicológicos.

Abordando superficialmente algo de Teoría de la recepción —cada lectura es única—, me imagino con este libro entre las manos hace diez años, y me siento triste y aferrada a Thérèse e Isabelle a partes iguales. Mi yo de dieciséis años habría enloquecido con un libro así, habría explotado: poético, lleno de metáforas y retos literarios, y colmado de prohibición, sexo y pasión. Ahora, su ausencia en mi adolescencia se siente como una pérdida terrible para la que no hay marcha atrás.

El alba siempre puntual cuando algo muere en algún lugar.

 

 

‘Temporada de huracanes’: méxicos periféricos

1-1Autora: Fernanda Melchor
Año: 2018
Primera edición: 2017
Editorial: Literatura Random House
Género: Novela
Valoración: Me gustó

Enmarcada en el México más despojado, el más rural y miserable, Temporada de huracanes narra la historia de un crimen cerca del pueblo de La Matosa, una zona cañaveral del estado de Veracruz. El cuerpo de la Bruja —la alcahueta del pueblo— es encontrado por un grupo de niños en un canal. La novela reconstruirá la historia del crimen a partir de distintos personajes que, directa o indirectamente, tuvieron relación con él (la Lagarta, el Munra, Norma, Brando…). De esta forma, Melchor crea una especie de novela coral, en la que cada capítulo profundiza en la experiencia e historia de los personajes involucrados, dotándolos de un pasado y unas circunstancias particulares. A pesar de que se trata de una novela sobre un crimen, no es literatura detectivesca ni de género negro, que priorizaría el proceso de investigación y la profundización en el perfil del criminal y del detective. Esta novela se centra exclusivamente en revelar la serie de circunstancias que se entretejen detrás de un crimen de carácter “pasional” —la autora utiliza esta etiqueta—, a la vez que construye un retrato de una sociedad marginada.

En general, la sensación que transmite Temporada de huracanes, es que ha sido escrita con gran precisión. Las novelas coral en general exigen una estructura bien engranada, y Melchor cumple con la tarea sin que las costuras del texto se hagan notar. De hecho, la sensación de unidad, a pesar de que la historia se conforma de distintas historias con una marcada y particular focalización, es absoluta. Es muy satisfactorio leer un libro que transmite haber sido (auto)editado cuidadosamente. Por si fuera poco el mérito,

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Temporada de huracanes sigue ciertas líneas narrativas experimentales que recuerdan al flujo de conciencia, y renuncia a los diálogos, a las pausas, a los párrafos. Un narrador anónimo en tercera persona recorre las vivencias de los personajes, con un ritmo vertiginoso y constante. Los mexicanismos abundan y el afán costumbrista está presente a lo largo de la novela, pero sin dar del todo la espalda a la voluntad lírica. Quizás lo más interesante es que, a pesar de componerse de un solo ininterrumpido párrafo, la novela tiene un enganche asombroso, y es difícil frenar la lectura una vez que te adentras en ella. Es como verte arrastrada dentro de un río, o, más bien, de un huracán —yo la leí en dos días, y esos dos días no dejé de llegar tarde a todos los sitios por no poder dejar de leer, por no disponer de puntos de anclaje—.

En Temporada de huracanes, un texto que carece de descripciones espaciales, la figuración del espacio está siempre latente. El calor del sudeste del país en los meses de abril y mayo, las casuchas laminadas que calientan como hornos, el aire espeso y de olor a pantano, las calles de terracería llenándolo todo de polvo, la cerveza caliente, el sudor que acumula la mugre sobre la piel, las cabelleras encrespadas y resecas de los habitantes de La Matosa, todas estas cosas son percibidas sin que la autora les dedique mucho espacio físico en su narración. Ese calor infernal combinado con el retrato de pobreza, de ciudad de paso, de pecado y abandono, conforman un espacio narrativo firme y muy efectivo.

Ha2blo del abandono del pueblo, pero no me refiero a un abandono unidireccional, de centro a periferia, de urbano a rural, sino a uno total: desde el exterior y desde el interior simultáneamente; la zona campesina que está relegada y sus habitantes que se relegan a sí mismos. Drogas, alcohol e impulsos sexuales censurables que resultan en pedofilia, violaciones y prostitución —la contraportada lo etiqueta como “erotismo oscuro”—, hábitos que se desenvuelven en un ambiente tan desolador que ni la presión de los rumores, ni los ojos de la autoridad corrupta, ni el peso de la religión más castiza, pueden refrenar. El libro explora el alcance devastador de la ignorancia, la estructura machista y sus consecuentes estragos homófobos desplegando un abanico de personajes de distintas realidades, pero todos ellos malditos desde la fecha y el lugar de su nacimiento.

La situación de violencia y pobreza que tiene a México atado de manos, su arraigo mojigato y supersticioso, la mediocridad del sistema educativo, la homofobia y misoginia, la incompetencia de las autoridades y servicios sociales, el olvido al que son Fernanda-Melchorsometidas las zonas rurales, las relaciones de poder, los deseos indecentes, todas estas cuestiones quedan de manifiesto en la lectura, que paulatinamente profundiza en la demanda social sin perder de vista su intención estética —la autora lo describe como una fosa, tan a la orden del día, donde mientras más escarbas, más terror encuentras—. En estos días críticos para los mexicanos, con las elecciones a la vuelta de la esquina y el blindamiento del sistema envenenado, quizás —ojalá—, a punto de resquebrajarse, me pregunto desde la lectura de Temporada de huracanes cuántos méxicos desconocemos los citadinos, cuánta falta nos hace conocer todos los méxicos, porque no es proporcional nuestra indignación y nuestra tristeza a todo lo que nos arrebata el Poder día con día. Esta lectura, aun con la intención depositada en el acto literario, es humanizante y necesaria.

 

 

 

Banana Yoshimoto

Discoveries

La decisión de dedicar una entrada a Banana Yoshimoto y no a uno de sus libros en específico, deriva de dos líneas de pensamiento. He estado de vacaciones —sí, largas vacaciones—, y desde el avión, mientras leía Recuerdos de un callejón sin salida, pensé que podía ser buena idea sumergirme más en la literatura de Yoshimoto y no limitarme a esa colección de cuentos. En segundo lugar, me apasiona la literatura japonesa. Me gusta desde la primera novela que leí, por muchas razones: por la narrativa suave y lineal, los argumentos de límites borrosos, por su estructura alejada de la occidental obsesión de inicio-clímax-desenlace, por el énfasis en lo sensorial y no en lo psicoanalítico, por la proximidad natural a temas tabúes para nosotros —muerte y suicidio, sexo, infidelidad…—. En Banana Yoshimoto están todos estos rasgos pero contenidos en su cosmos particular, un estilo consolidado, con sus obsesiones y líneas temáticas propias.

En ocasiones se acusa a Banana Yoshimoto de ser repetitiva. No he leído toda su obra, que es extensísima —y no se ha traducido por completo al español—, pero lo leído me basta para localizar aquello en lo que suele reiterar. Son historias sobre la cotidianidad, de tintes profundamente tristes, con narradoras protagonistas jóvenes que cargan sobre sus hombros pérdidas y dolor, mientras se enfrentan, en ese estado tan desprotegido, a la llegada de la vida adulta. Jóvenes asfixiadas por la dura exigencia del día a día, moldeadas por experiencias difíciles de superar. Además, al menos entre las obras que he leído, se otorga una gran importancia a la presencia de un personaje masculino en quien, porque también ha conocido el dolor en su propia piel, se apoya la protagonista. Al final, da la sensación de que lo que leemos son historias de amor, aunque a veces solo sugeridas. Yoshimoto no necesita recurrir a hablar de amor para retratar una relación de pareja.

Creo que ese es uno de sus grandes poderes narrativos: que puede evocar ambientes, temperaturas, personalidades, estados de ánimo, sin aparentemente reincidir en detalles ni un exceso de calificativos. Es como si su literatura se autoenmarcara en un definido temperamento. De hecho, los marcos narrativos son tan efectivos que la sumersión en la lectura es prácticamente instantánea: unas líneas bastan para sentirse aislado de la realidad, encapsularse en el mundo Yoshimoto. No son historias que sorprenden ni cambian la visión del mundo de nadie. No tienen esas pretensiones. Exploran las emociones y pensamientos de los personajes de forma honesta y sencilla, de modo que la narración ofrece ambientes plácidos y envolventes, aun cuando el tono interno es muy melancólico. Habla de sentimientos sin ser sentimental, describe cosas bellas sin ser cursi, cosas tristes sin parecer dramática, explora la profundidad psicológica de sus personajes sin recurrir a lo psicológico.

La aparente ausencia de trama puede resultar exasperante para ciertos lectores —lo deduzco por algunas críticas que he leído—, pero para mi gusto, precisamente no saber muy bien de qué trata o tener la sensación de que no está pasando nada es positivo. Primero, porque contribuye al efecto de irrealidad durante la lectura, pero también porque, a pesar de todo, al cerrar el libro la sensación consigue ser plena: la importancia no recae en una trama con accidentes o un problema a resolver, sino en profundizar, poco a poco, los trazos que conforman a los personajes, hasta conseguir que estén completos, mientras los procesos que están viviendo quedan testimoniados. Desde luego, aproximarse a una autora como Banana Yoshimoto con expectativas occidentales —lo digo como la occidental aficionada a Japón que soy— puede resultar en una lectura desastrosa.

Por otra parte, el peso de la cultura japonesa se deja entrever no solo en la construcción de la historia, sino en los propios personajes. Sus caracteres, los estándares de belleza, la forma de expresarse y desenvolverse entre ellos y, especialmente reseñable, en mi opinión, la marcada delimitación de lo masculino y lo femenino. Esto último no lo hace siempre de forma explícita, pero la sensación se consolida en momentos concretos, como en Amrita, por ejemplo, cuando la narradora menciona cómo el rol del padre realmente está siendo desempeñado por la madre de la protagonista, mientras que la mejor amiga de aquella, que vive en la misma casa, funciona dentro del núcleo familiar más bien como la madre; y no sé si esté bien achacar este arraigo a las diferenciaciones entre géneros para explicarme su problemática forma de aproximarse a la transexualidad en Kitchen —ni siquiera sé si es transexualidad lo que quiere abordar en Kitchen—.

Estos son los libros que leí de Banana Yoshimoto:

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Título: Amrita
Autora: Banana Yoshimoto
Editorial: Tusquets Editores
Año: 2002
Género: Novela

Yoshimoto se suele exhibir en narrativa corta —cuento y novela corta—, pero Amrita es un libro de casi 350 páginas. El formato extenso permite a Yoshimoto explorar distintos matices narrativos, por lo que se aleja un poco —no mucho— de sus tendencias más solidificadas. En ocasiones sus decisiones resultan desconcertantes y, a decir verdad, hubo momentos en los que me pareció un libro muy largo, aunque en general y, especialmente al acabar el libro, me sentí satisfecha.
La historia narra una temporada concreta de la vida de Sakumi: su hermana pequeña se ha suicidado, ella se ha dado un golpe en la cabeza que le repercute de forma extraña en la memoria, y su hermano preadolescente comienza a desarrollar una sensibilidad tan fuerte que su inmensa intuición parece más bien un poder paranormal. A partir de esta serie de circunstancias, Sakumi comienza a conocer un mundo que le era, hasta entonces, ajeno. La amnesia abre la puerta a una Sakumi nueva, y eso junto con el estrecho vínculo que establece con su hermano pequeño, la llevarán hacia gente extraña y viajes entrañables. Amrita, que significa ‘flujo de vida’, coloca al lector junto a sus personajes para hacerlo sentir cómo la vida, a pesar de todo, continúa.
Una serie de reflexiones y estados de ánimo van hebrando lentamente un libro de lectura lenta y línea argumentativa completamente plana, pero en constante coqueteo con los límites de la realidad —creo que hay quien la clasifica como realismo mágico, incluso—. El juego con la sutil fantasía, presente también en otras entregas de la autora, da una sensación extraña: de reconocimiento y desconocimiento simultáneos. Personalmente, la introducción de elementos supernaturales hizo que se me tambaleara la lectura, me hizo sentirme escéptica. Aun así, Amrita presenta reflexión y sosiego ante todo un abanico de circunstancias y acontecimientos que, aunque aparentan lo contrario, finalmente conforman una novela de estructura bien acabada.

kitchen

Título: Kitchen
Autora: Banana Yoshimoto
Editorial: Tusquets Editores
Año: 2013 (1991)
Género: Novela corta

Título: El lago
Autora: Banana Yoshimoto
Editorial: Tusquets Editores
Año: 2013
Género: Novela

Kitchen y El lago son historias de amor entre una chica y un chico jóvenes que se enfrentan a la llegada de la edad adulta 1540-6mientras cargan con el dolor de la muerte de sus seres queridos cercanos. La compañía mutua, el resto de sus relaciones interpersonales, los pequeños logros profesionales y el flujo del tiempo permiten a los personajes seguir adelante, apreciando la belleza de la cotidianidad y los refugios que la misma vida va brindando.
Kitchen es la primera novela de Yoshimoto, publicación que la catapultó a la mira de la crítica y la hizo merecedora de numerosos premios. Aunque esta ópera prima comparte muchas características con El lago, tiene un aura muy peculiar, es como si te hiciera querer estar ahí dentro, en el mundo de Mikage, en las cocinas que la obsesionan, en el calor de la casa de Eriko, quien la recibe en su casa tras la muerte de su abuela —el úlltimo familiar vivo que tenía—. El deseo de entrar a Kitchen, a pesar de que sea una historia tan triste, se debe tal vez a que, más que triste, es nostálgica: no quieres perderla, pero a la vez sientes que sería mejor olvidarla.
El lago, aunque presenta una historia parecida, con dos protagonistas entrañables, Chihiro y Nakajima, se construye más bien sobre las incertidumbres: él ha vivido una experiencia terrible, y Chihiro, que es su pareja desde hace poco tiempo, irá descubriendo paulatinamente qué es lo que puede marcar tan profundamente a alguien. Chihiro conocerá el pueblo en el que creció Nakajima, así como a sus mejores amigos, en una realidad de fronteras difusas y atmósfera casi encantada.

Recuerdos de un callejon sin salida, Banana YoshimotoTítulo: Recuerdos de un callejón sin salida
Autora: Banana Yoshimoto
Editorial: Tusquets Editores
Año: 2011
Género: Cuento

Una colección de cinco relatos —la autora afirma en el epílogo que, de entre sus creaciones, es su favorita— nos aproxima a la Yoshimoto más multifacética, sin sacarnos de su ambiente de siempre. Historias delicadamente tristes, de pérdidas, de familias rotas, de amores que se quedan en el pasado; historias en las que la sombra de la muerte está siempre cerca. Recuerdos de un callejón sin salida es una gran muestra de la narrativa breve de Yoshimoto, probablemente el género en el que mejor se desenvuelve técnicamente. En este abanico de historias, la autora reincide en los temas de siempre —la familia (los retratos familiares, aquí y en toda su obra, son muy logrados), la muerte, la juventud, la vida cotidiana, la asfixia del día a día, los pasados traumáticos— pero explorando nuevas posibilidades argumentativas.

Hay quien dice de Banana Yoshimoto que está sobrevalorada, no solo porque es repetitiva, sino porque sus historias pueden resultar demasiado simples. Es verdad que en ocasiones el estilo y las tramas aparentan ser sencillas, que a veces algunos elementos parecen contradictorios o desconcertantes dentro de sus libros —¿cuánto influye aquí la traducción?—, pero para mí leer a Yoshimoto no es una cuestión de que se me revolucione el mundo, ni creo que ese sea el interés de la autora. El retrato de la juventud que patalea en silencio, casi agónicamente, por mantener la vista al frente, a pesar de las dificultades, del dolor, de las ausencias, es vigente y, por eso, terrible. No parece una autora que pretenda llegar a nada más allá que transmitir ese sentimiento de angustia y desolación, pero combinado con el calor de la familia, el placer de tener un trabajo con el que disfrutas, la compañía de una pareja. La lectura es un momento de calma, de volver a un terreno conocido; y sí, transmite muchas emociones que después se esfuman. Y, en cuanto a lo repetitivo, no creo que sea una cuestión serlo o no: para mí los libros de Banana Yoshimoto ofrecen un lugar al que volver.

 

 

Viejas Inquisiciones

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Tardé en animarme, pero aquí está lo que tengo que decir acerca de las «Nuevas Inquisiciones» a las que tanto parece temer el señor Vargas Llosa. Dice que «ahora el más resuelto enemigo de la literatura, que pretende descontaminarla de machismo, prejuicios múltiples e inmoralidades, es el feminismo». Aquí el ¿benemérito? ha demostrado dos cosas: que no sabe de lo que habla, y que no se ha preocupado tampoco por saberlo. Resulta que, gracias a esto, accidentalmente ha dejado en evidencia por qué es tan importante el feminismo para la literatura.

Lo primero: las feministas no intentamos «descontaminar» los clásicos, no queremos censurar obras. En cambio este tipo de artículos sí intentan censurar nuestras lecturas: porque lo que hacemos —entre otras importantes y urgentes labores—, de lo que se trata, es de revisitar los viejos textos y proponer lecturas diferentes, nuevas, echando mano de todo lo que hemos logrado averiguar, tras muchas décadas de trabajo de investigación —vamos, lo mismo que cualquier otra línea de la Teoría—, para identificar las trazas misóginas y, aun poniendo los textos en su contexto —el contexto, me temo, siempre es patriarcal— demandar los machismos que contienen y extienden. Porque en la literatura, nos guste o no, hay ideología, y para defendernos de ella tenemos que ser conscientes de que está ahí. Nadie ha dicho nada de quemar libros, ni censurarlos: queremos leerlos con ojos críticos para entender ante qué estamos, eso es todo, para que unx adolescente fan de Bella y Edward entienda que está leyendo la historia de una relación tóxica y codependiente —un ejemplo fácil, pero que demuestra que no solo «atentamos» contra los grandes clásicos—.

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Queremos abrir las ventanas que tanto tiempo han estado selladas. Interpretar a Lolita como la víctima que es, distorsionada por un enfermo narrador no fiable, no es echar fuego a Nabokov ni a nadie, es poner sobre la mesa una realidad innegable: que las lecturas, en sus tiempos, en sus contextos, son espejo de la realidad. Haber leído tan mal Lolita durante tantas décadas lo único que está dejando en evidencia es que, efectivamente, es alarmante el nivel de machismo que nos rodea. Eso es todo lo que estamos diciendo: que hay otra forma de leer la obra, y que hay que volver a leerla —y por eso es importante su cambio de portada en Anagrama—. Esto no pone en entredicho el mérito de Nabokov, ni perjudica su obra literaria, sino que la enriquece: porque, que un texto tenga la capacidad de soportar tantas lecturas desde tantos marcos teóricos, es lo que, tal vez, lo vuelve un «clásico».

Y sí. Sabemos leer. Sabemos que a los textos hay que enfrentarse entendiendo sus contextos, pero ¿por qué van a estar los contextos exentos de críticas? Voy a poner un ejemplo que me atañe personalmente: me titulé en el Máster con un trabajo que propone una lectura sobre la construcción del personaje de la famosa y presunta feminista pastora Marcela del Quijote. Mi investigación, a pesar de que Cervantes es, sin duda, mi autor favorito del mundo mundial, apuntó que Marcela no es un icono feminista, ni pre-feminista, ni mucho menos. ¿Y qué esperábamos? Es un personaje plano y dependiente, y además es un personaje de una obra de principios del siglo XVII. Esto no le quita a Cervantes mérito de haber sido, al menos, un poquito más adelantado —muy poquito— que sus contemporáneos. Pero nada más. Esta lectura no tiene como objetivo erradicar a Cervantes de la moneda de veinte céntimos, ni desterrar la lectura del Quijote del programa educativo, ni prohibir las últimas representaciones de sus entremeses —muy de moda ahora, por cierto—, ni clausurar la Casa Museo, ni destruir las esculturas de don Quijote y Sancho Panza, ni cambiar el nombre del Instituto Cervantes. Solo quiere decir eso: volvamos al pasaje de Marcela y planteémonos si realmente es tan feminista como nos quieren hacer creer. Y, aunque no lo es, sigue siendo uno de los mejores episodios de la novela.

Que alguien me presente, por favor, la articulación de feministas que queman libros y los catalogan en «buenos» y «malignos», que envían a los hombres a la hoguera por escribir ficción, que torturan y condenan basándose en meros rumores. Yo, por más que lo pienso, no encuentro dónde está lo inquisitivo en la crítica feminista.

Señor Vargas Llosa, ¿le digo, en cambio, lo que sí me parece inquisitivo? Un sistema que a base del ninguneo y el desprecio ha censurado, no a una, ni a dos, ni a tres, sino a miles de autoras a lo largo de la historia: anónimos que en realidad fueron anónimas; autoras que no podían aprender a escribir, pero que tenían cientos de historias que contar en sus cabezas; autoras que pudieron escribir pero a costes altísimos, como sacrificar sus vidas para encerrarse en conventos; autoras que se codearon con grandes autores pero solo han pasado a la historia como sus musas; autoras de obras de inmensa calidad que nunca encontraron a nadie dispuesto a publicarlas; autoras que sacrificaron sus carreras para encargarse de su casa; autoras que tuvieron éxitos efímeros y fueron enterradas en la Historia de la Literatura por no poder, siquiera, ser consideradas como candidatas al canon; autoras que no lograron difusión alguna porque ningún señor «importante», como usted o como Octavio Paz o como Jorge Luis Borges, se preocuparon por «aprobar» desde sus esferas de privilegio; autoras que han sido relegadas a etiquetas de literatura menor; autoras que nadie traduce; autoras que no aparecen en los itinerarios.

Pero es que no es solo eso: nos han hecho ignorar y desconocer a tantas autoras como a lectoras. ¡Cuántas fascinantes lecturas nos hemos perdido desde siempre!

Una última cosa, señor Vargas Llosa: puede estar tranquilo, porque si la literatura no ha desaparecido aún bajo el yugo de esta eterna tiranía, no serán las feministas con sus nuevas lecturas las que consigan destruirla.

‘Fruta podrida’: privatizar incluso la muerte

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Autora: Lina Meruane
 Año: 2015
Primera edición: 2007
Editorial: Eterna Cadencia
Género: Novela
Valoración: Me gustó

Me recomendaron a Lina Meruane hace unos meses. Tengo que reconocer que no la conocía y que no investigué mucho antes de comprar Fruta podrida. La recomendación provenía de una fuente en la que confío plenamente, por lo que mi aproximación al libro no demandó ningún ritual prelectura. Creo que así es mejor —en realidad, prefiero acudir a «la información» solo al terminar un libro, para «autoevaluar» mis lecturas pero sin haberlas condicionado en primer lugar—.

Qué sorpresa —de las buenas— abrir el libro y verme ante un texto con sus propias normas y sus propias exigencias: un ambiente sospechoso —en cuanto al realismo—, desamparado, árido y envolvente, como el olor a podrido de la fruta bajo el sol —«huele a podrido en el reino de Dinamarca», qué hype—. Diálogos sin marcar gráficamente, cambios de narradores y de focalizaciones, saltos temporales, poemas intercalados, y dos protagonistas complejas y tóxicas. Un libro extraño y muy perturbador que energiza la lectura desde el primer momento. Un libro de contrastes a todos los niveles: los espacios, los perfiles de los personajes, sus papeles en el mundo. El aferro a la vida y el anhelo de muerte; el sol que abrasa y la nieve que entierra; el polvo del campo y los impolutos hospitales.

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Cuando un texto te hace sentir que el universo ficcional es sólido, ya ha valido la pena la lectura. Meruane no solo lo consigue: no le hace falta para ello recurrir a descripciones ni certezas. De hecho, sentí durante la lectura que el suelo sobre el que pisaba no era firme: tintes surrealistas, pero modestos, camuflados, y un tufo a distopía que me mantenía muy alerta. Fruta podrida me sumergió en un mundo reconocible pero que me era extraño, que emanaba oscuridad y perversidad. Me remitió a un Chile campestre en verano: polvo, moscas, aislamiento y pobreza; pero este Chile estaba insertado en un mundo corrompido por el capitalismo: tiránico por sistematización, piramidal y represivo, en el que los derechos más básicos, como la salud y la soberanía del cuerpo se habían privatizado. Aquí, los bebés recién nacidos se utilizan como moneda de cambio, y está prohibido morirse, de modo que el rechazo voluntario a la casi inmortalidad —a costa de vivir enchufado a máquinas y al consumo abundante de medicamentos— es duramente estigmatizado.

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Zoila y María —la menor y la mayor— son medias hermanas. Viven apartadas de la civilización en un sitio que se llama Ojo Seco, y viven juntas a disgusto. Zoila está enferma, muy enferma, y su única posibilidad de sobrevivir es un trasplante de dudoso éxito que se visualiza lejano en el futuro. María hará lo posible por que su hermana a medias siga las pautas y las recomendaciones de los médicos hasta entonces, y para ello tendrá que hacer inmensos esfuerzos y sacrificios —de ética dudosa, por cierto—, pero no lo hará por amor a su hermana ni mucho menos. Su personalidad es obsesiva y controladora. Trabaja en una empresa fructífera como encargada de erradicar las plagas y enfermedades que amenazan a sus árboles fruteros. La enfermedad de su hermana, degenerativa y genética, será la única fuera del alcance de sus técnicas de exterminio.

Tanto laborar eliminando pestes ajenas y ahora tener que convivir para siempre con un mal incurable en mi propia casa . . .

Y esto supondrá un aguijonazo para sus obsesiones compulsivas: lo único que está a su alcance es mantener la enfermedad a raya, pero Zoila desobedecerá, mentirá a su hermana y a los médicos, y adulterará los resultados. Está resuelta a dejarse morir.

Mi hermana y yo vivimos en trincheras opuestas de este campo de infinita producción y reproducción. Ella concentra sus esfuerzos en el plan aéreo contra la peste; yo intento boicotearla. Industriosamente ella siembra, fertiliza, cosecha, pare y negocia; yo me planteo cómo desarticular su proyecto.

Ninguna de las dos está ahí, en la misma casa, por un vínculo afectivo. A Zoila, que es solo una niña, la abandonó su padre —un empresario extranjero exitoso— y María la recibió en su casa por compromiso, porque se siente en deuda con él. De esta forma, el libro aborda una cuestión áspera y cercana al tabú: los vínculos familiares impuestos, la maternidad involuntaria y los sacrificios personales que son condicionados por las estructuras sociales regidas por la legitimidad indiscutible que tiene la familia. La familia es la familia. Todo por la familia. Aquí Meruane nos muestra cómo la familia también puede ser privación, por ejemplo, con el juego de nombres. ¿No fue María, me refiero a la virgen, también privada de su voluntad? ¿No fue Jesús una imposición a su vientre? Y, en cuanto a Zoila (fonéticamente /sóila/ «soy la…»), es prisionera del cuerpo que vive —que vive muriéndose—, una fruta podrida,  privada de su autonomía hasta el punto de no tener nombre: soy la, ¿qué?

La niña sin nombre y la hacedora de bebés; la niña que quiere morir y la mujer que le impondrá la vida a toda costa, aunque se presentan en principio como dos personajes independientes, poco a poco parecerán más bien uno solo, desdoblado, y que, quizás, terminará plegado, fusionado, en una sola mujer: soy la María, y soy la vengadora —no digo más o se me van los spoilers de las manos—.

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El resto de personajes,—deshumanizados, especialmente los personajes masculinos, a los que no se les concede nombre (Enfermero, Viejo, Médico General, Ingeniero…)—, contribuyen a la construcción del mundo con eficacia, relegados a lo secundario, a lo paisajístico casi, pero presentes para conceder pistas y contribuir con el retrato del sistema corrompido.

De esta misma forma, casi contextual, en los márgenes de la trama principal encontramos una serie de demandas de absoluta vigencia: explotación en el campo, el mundo masculino y su verticalidad, el racismo, el colonialismo del Sur, la frivolidad del Norte Occidental, el capital que envenena el servicio de salud, la privatización de los cuerpos, la privación de la autonomía, la prisión de la estructura familiar. Fruta podrida es un libro completo, desconcertante y de gran riqueza narrativa, que pone el dedo en la llaga en los asuntos más ásperos y más actuales; cuestiona el funcionamiento social, político y económico, y nos alerta sobre el camino que nos traza el neoliberalismo sin posibilidad de virar.

Aunque no todo el monte es orégano: a pesar de que el libro es abrumador, original, experimental —cuando eso es algo bueno—, decae al final. La última parte, «Pies en la tierra», es un extensísimo y saturante monólogo de una enfermera —muy efectivo, por cierto, porque sí satura mucho—. A pesar de que introduce una serie de elementos rompedores nuevos, como una nueva focalización, más allá de la de María o Zoila —de hecho, parece la perspectiva generalizada, la voz del pueblo—, que resulta en cierta medida iluminadora, no mantiene la línea cualitativa de las primeras dos partes del libro. El lector es desterrado del calor terrible del Sur al violento invierno del Norte y, aunque esta segunda ambientación está muy bien lograda, de inmediato extrañará el ambiente del principio del libro: el misterio, lo ajeno, la perversidad y locura de María, la rebeldía de Zoila. Además, y para mí este fue el mayor problema, lo que tan bien sugieren los dos primeros tercios del libro, es en ocasiones explicado —en cursivas porque es énfasis desaprobador— en ese último monólogo vertiginoso. Y es una pena.

Con todo, Fruta podrida está, por el momento, entre mis mejores lecturas del 2018, porque es un libro que eché de menos en cuanto lo terminé.

‘La última niebla’: soledad, cuerpo y locura

P1090115Autora: María Luisa Bombal
Año: 1992
Primera edición: 1935
Editorial: Andrés Bello
Género: Novela corta
Valoración: Me gustó

Antes de escribir sobre María Luisa Bombal, una de las grandes olvidadas que tenemos que rescatar, quise empaparme de información. Mi edición es del año 92, pero conserva un texto del 61 que funciona como prólogo. Entre sus desafortunadas líneas tuve que leer, por ejemplo, que la autora respondía a su entrevistador «arreglándose el pelo, recogiéndose las faldas, llena de orden y buen humor», «criatura tan precisa como fantástica, casada en Nueva York con un noble francés, madre tierna de una hija que ha de parecer su hermana…» o «tres idiomas se le mezclan en unos labios que no se dirían hechos para tanta sabiduría». El texto que cierra el libro dedica muchas líneas a comentar que hombres como Neruda y Borges la consideraban buena escritora —habrá que creerlo, entonces—. Lo que leí en internet no dista mucho de esta tendencia. Cuando no se habla de sus problemas psicológicos, su carácter alegre o su belleza, se reitera en las buenas amistades que mantuvo con los intelectuales del momento. Cuando no se habla de sus matrimonios fallidos y su tardía maternidad, se mencionan nombres como García Lorca o José Bianco.

Y así, explorando, descubrí que la primera edición de La última niebla se había publicado con un prólogo escrito por su amiga Norah Lange —autora de 45 días y 30 marineros—. Lamento profundamente haber tenido que leer este otro prólogo tan machondescendiente y que el editor no juzgara importante mantener el prólogo original. Eso sí: si en algo coinciden todos es que su narrativa fue determinante para la historia literaria latinoamericana, tanto que algunos la llaman «la madre del realismo mágico» y otros aseguran que Pedro Páramo jamás habría sucedido si Rulfo no hubiese leído La amortajada, la segunda novela de Bombal. Si todo esto es cierto ¿por qué es prácticamente imposible acceder a sus textos? No está en las librerías principales del país, y los listillos que intentan revender sus libros por internet piden auténticas fortunas por ellos.

Dejando al lado esta pregunta, que se responde fácilmente pero indigna mucho —tirando por colonialismo y misoginia—, me pregunto, desde un punto de vista de género, dónde radica el valor de María Luisa Bombal, y no solo en un sentido diacrónico, sino para nuestro hoy.P1090133

Parto de esta pregunta básica, que me hará dar un rodeo, pero que no quiero omitir: ¿Hay mujeres en los textos? —me lo pregunto ahora, pero tal y como se lo han preguntado muchas antes: Mary Jacobus, Mary Ellman, Elaine Showalter…—. La respuesta, actualmente, podría ser «aún pocas, pero cada vez más», y eso se debe a todos estos esfuerzos que hacemos juntas para otorgar a las mujeres autoras los espacios que histórica y sistemáticamente se les han negado; porque son las autoras las que otorgan, a su vez, espacios a las mujeres en el plano ficcional. Me refiero a mujeres, no a espejismos ni sombras de mujeres, no a las mujeres planas que revolotean alrededor de los hombres. Mujeres con profundidad psicológica, distintos planos, importancia en la trama y complejidad humana.

Según la ginocrítica de Showalter, la evolución de la literatura de la mujer se ha tenido que enfrentar al problema inevitable del canon patriarcal: ¿cómo escribir al margen de él? Según ella, subiendo tres escalones: primero imitándolo, después transgrediéndolo y, por último, buscando una expresión propia. Todo esto con la finalidad de tener una historia literaria conformada en su totalidad por nuestros temas, nuestros géneros, nuestras formas. Y es en una literatura propia donde caben mujeres en los textos.

maria_luisa_bombal_250María Luisa Bombal escribió su primera novela, La última niebla, en 1935. En ese momento la novela chilena tendía a un registro naturalista: la mezcla de elementos reales con elementos fantásticos era incluso absurda —Borges le diría a Bombal, con respecto a su proyecto de La amortajada: lo que quieres hacer es imposible de ejecutar. Pues bien, lo hizo, y, según dicen, lo hizo muy bien—. Bastó su ópera prima para transgredir el canon, pero no dejó de hacerlo en sus futuras publicaciones.

La protagonista y narradora de La última niebla es una mujer que contrae matrimonio con su primo, un hombre recientemente viudo que no la quiere y que llora y anhela a su primera mujer indisimuladamente. De esta forma se nos muestra, desde un tono íntimo y sumamente poético, una vida destinada al tedio y a la infelicidad. El desprecio tan desgarrador y explícito —la exigencia de ser como una mujer muerta—, es terrible, pero es un ejemplo de la vida de la mujer en matrimonio, despojada de autonomía y voluntad, y dominada por exigencias institucionales imposibles de satisfacer. Se comenta que sus contemporáneos criticaban que daba la espalda a los problemas sociales, si tan solo hubieran sabido qué social y qué urgente era lo que estaba retratando…

Mi cuerpo y mis besos no pudieron hacerlo temblar, pero lo hicieron como antes, pensar en otro cuerpo y en otros labios […] Y lloró locamente, llamándola, gritándome al oído cosas absurdas que iban dirigidas a ella.

Ante este destino, las vías de escape son limitadas. Si no es posible la huida física, hay que recurrir a la psíquica; ante la imposibilidad de escapar literalmente, tendrá que hacerlo literariamente, es decir, vía ficción. El refugio de la protagonista se manifestará más allá de la misteriosa neblina que la envuelve en silencio y la aísla. La narración en la que podemos confiar se entremezclará con otra, la de los sueños y pensamientos sin censurar. Ambas narraciones construirán el nido, el refugio, en el que la sexualidad y el deseo pueden ser liberadas, frente al lento y agónico paso del tiempo en la vida cotidiana gris.

Su cuerpo me cubre como una grande ola hirviente, me acaricia, me quema, me penetra, me envuelve, se arrastra desfallecida. A mi garganta sube algo así como un sollozo, y no sé por qué empiezo a quejarme, no sé por qué me es dulce quejarme, y dulce a mi cuerpo el cansancio infligido por la preciosa carga que pesa entre mis muslos.

No es de poca relevancia presentar a la mujer como sujeto sexual. Bombal lo hace desde lo íntimo y lo genuino. El objeto sexual es el amante anónimo, y no habla, se mueve y existe más como un fantasma. La mujer no es deseada, sino que desea y lo hace también en su soledad.

Nunca me atreví antes a mirar mis senos; ahora los miro. Pequeños y redondos, parecen diminutas corolas suspendidas sobre el agua. Me voy enterrando hasta la rodilla en una espesa arena de terciopelo. Tibias corrientes me acarician y penetran.

Puede parecer que no ha pasado tanto tiempo desde 1935, pero no era frecuente —y no lo es aún— construir y preocuparse por estas facetas de los personajes femeninos. De hecho, tradicionalmente, los personajes femeninos no tienen facetas, solo siluetas.

P1090128No es de extrañar que a la protagonista la envuelva el estigma de la loca. No es explícito, porque está inmersa en sí misma y en sus fantasías, pero basta enmarcar el libro con la tradición literaria que tenemos más a la mano: mujeres febriles, débiles, exhaustas, infantiles, caprichosas, impredecibles. Recuerda a ratos a «The Yellow Wallpaper» (Charlotte Perkins Gilman) y augura, por ejemplo, Resurgir (Margaret Atwood). Al leer me daba cuenta de que, por fin, estaba observando un matrimonio no a través del pestillo, ni desde los ojos del marido, sino desde el punto de vista de la Otra: la omitida, la callada, la censurada. No es que aquí entre en tela de juicio la representación binaria del hombre frente a la mujer, y su consecuente catalogación en pasividad y actividad, emoción y razón, etc., sino que es un retrato fiel de este sistema de pares, y como tal, hace expresas sus más grandes flaquezas.

En suma, esta novelita de menos de cincuenta páginas pone en entredicho las convenciones literarias contemporáneas a María Luisa Bombal —que hasta la fecha no nos hemos logrado aún sacudir del todo—. La construcción de una mujer ficcional compleja se nos va presentando paulatinamente como un ser sensible, sexual, inconforme y destinado a la infelicidad, que «llora por costumbre y sonríe por obligación». Es como oír el grito perpetuo de todas las mujeres —«esposas»— a las que no se les ha dedicado más espacio en los textos que a los muebles o ropajes: todas las «mujeres de» que se exhiben como figuras misteriosas e incomprensibles. Pero desde esa posición tan a la mano, la del hombre «racional» que no entiende el comportamiento de su mujer quien, tras décadas de infelicidad e imposiciones, refleja algún dolor de cabeza, algún desmayo, alguna reacción poco ortodoxa. No son mujeres locas, ni temperamentales, ni histéricas. Son mujeres condenadas.

‘Sobre patines’: nada como el roller derby

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Autora: Victoria Jamieson
Traductora: Sonia F. Ordás
Año: 2018
Editorial: Maeva Young
Género: Cómic; infantil/juvenil
Valoración: Me gustó

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True story

La editorial Maeva ha traído al español Sobre patines, un cómic juvenil —me resisto a usar novela gráfica— sobre amistad y roller derby. La edición original, Roller Girl fue publicada en 2015 por la ilustradora y jugadora Victoria Jamieson. Puede parecer raro que elija reseñar justo este tipo de libro, pero tengo mis razones claras: Esta entrada la dedico a Sobre patines porque es cómic y es juvenil —y el canon insiste en relegarlos y nosotros en recogerlos—, porque el roller derby es un deporte increíble y porque yo no solo soy la Calamara: en la pista me llaman Iron Ass.

Sobre patines nos cuenta la historia de Astrid: una niña de 12 años que decide inscribirse a un campamento de verano de roller derby. Son los últimos meses antes de que comience el instituto y, aunque está acostumbrada a hacerlo todo junto a su mejor amiga, Nicole, a este nuevo reto se tiene que enfrentar sola. Durante los calurosos meses de verano, Astrid se preparará para jugar su primer partido, mientras aprende valiosas lecciones sobre amistad, determinación y humildad. Narradora de su propia aventura veraniega, se presenta a sí misma a lo largo del libro de una forma muy genuina. La focalización, el sentido del humor, y algunos momentos meta, enriquecen la dinámica de lectura.

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Retratar a una preadolescente desde la adultez no es tarea fácil —casi nadie lo hace bien, Salinger solo lo hizo muy bien una vez—, y a pesar de ello Jamieson hace un buen trabajo trazando las sensibilidades y angustias de su protagonista, sin que se asome esa irritante perspectiva de adulto sobre ella —excepto de esa manera que muestra la imagen—, sin 28512513_10160095117660416_168303507_nmencionar hormonas, sin introducir un crush y sin injustificados cambios temperamentales. Además, el retrato no pasa por alto la complejidad de las emociones de Astrid, y da la justa importancia a sus problemas interrelacionales, que son, en realidad, el hilo conductor del argumento: la crisis de su amistad con Nicole —su «mejor amiga»—y todo lo que ella conlleva: celos, inseguridad, la sensación de haber sido sustituida. Mientras Astrid carga con el peso de estos problemas y sospecha que entrará al instituto con más enemigos que amigos, tendrá que enfrentarse a un exigente día a día, en el que calzarse los patines y entrenar duro durante horas será necesario para alcanzar el nivel de sus compañeras de equipo.

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La construcción de Astrid es, quizás, lo que más me gustó. Astrid Vásquez vive en una familia de dos: su madre —gran personaje— y ella. Tienen una buena relación: su madre se preocupa por enriquecer el bagaje cultural de su hija, enseñarle referentes femeninos fuertes y comprarle ropa nueva de cara al instituto —para lo que tuvo que ahorrar un 28536920_10160095116925416_157082614_ntiempo—. Astrid, por supuesto, y porque es un personaje bien construido, se burla de estos esfuerzos, pero en general el retrato familiar es muy afable. Estas representaciones de adolescente y su familia, sin embargo, no se limitan a Astrid: también los vemos, distintos pero igual de sólidos, en los casos de sus amigas Nicole y Zoey, aunque, eso sí, detrás del velo parcial de la narradora.

La historia de la literatura nos ha dejado una cosa clara: el papel de las mujeres en la P1090113ficción no es independiente. Las mujeres ficcionales son novias, amantes, mujeres, tías, viudas, abuelas, huérfanas, hijas, solteronas, promiscuas… Su papel se mide a partir de la presencia de un personaje masculino. Esto ocurre a todos los niveles, pero ocurre mucho en la literatura juvenil, y creo que es importante evitarlo: terminar con la idea de que las mujeres pueden ser heroínas o protagonistas siempre y cuando formen parte de una relación sentimental de algún tipo. En el mundo de Astrid no hay hombres a la vista, a excepción del speaker de los partidos y el dependiente de una tienda de comida que le pilla de camino a casa. Sus relaciones más estrechas son todas entre mujeres. No puedo hacer suficiente hincapié en cuán positivo esto es. Las ambiciones de nuestra adolescente son las de un ser humano completo, quiere ser deportista y hacerlo bien, tiene amigos y problemas con sus amigos, y su relación con su madre se tambalea a veces, pero es sana y amorosa. Ahora me giro y le pregunto a dos mil años de literatura: ¿era tan difícil?

Como jugadora de roller derby he disfrutado especialmente encontrarme con situaciones P1090110que se viven una y otra vez cuando se es parte de este deporte: instrucciones para caer bien al suelo, referencias a la peste del material, muñequeras puestas al revés, moratones en los brazos…, pero también me topé con cosas que creo un poco desfasadas del deporte, como ciertas alineaciones y el concepto estético que se tiene de las jugadoras. Otras características, para mí fundamentales del roller derby, a veces enmarcan la historia sutilmente, pero son importantes para conocer el espíritu y la dinámica de los equipos: que nos autogestionamos, que es un deporte transfeminista, inclusivo y horizontal, que la relación con árbitros y contrincantes es buena (buenísima) y que hacemos comunidad porque nos importa hacerla, y hacerla bien.

Si algo tengo que mencionar con un tono más negativo, son dos cuestiones. La primera, es que me ha parecido un libro que utiliza demasiados estereotipos para construir su narración: Que a Astrid le guste el color negro y el roller derby, y a Nicole el rosa y el ballet; que todas las jugadoras de derby tengan el pelo teñido y tatuajes, que la archienemiga de Astrid se vuelva la nueva mejor amiga de Nicole, que todo suceda antes de entrar al instituto —que será el highschool—. Es verdad que muchos de ellos los termina rompiendo hacia el final del libro —no desvelaré cómo—, pero me habría gustado que las propias bases de la historia se desentendieran de esa historia, la que ya todos hemos visto, leído y consumido muchas veces.

Por otra parte, me dio la 28535754_10160095117505416_852901489_nsensación de que el trabajo de traducción no se hizo con la colaboración de alguien de dentro del mundo de roller derby, porque detalles como calcar los nombres derby al español, quitándoles toda su chicha —Dentellada de arcoíris no es un buen nombre derby para la heroína de Astrid—, no investigar el concepto penalty box o asumir que el cubrecasco es braga porque en inglés es panty —aunque se fastidiaría el chiste con cubrecasco—, refleja, al menos, falta de interés en la materia que estás traduciendo.

Con todo Sobre patines es un cómic divertido, de colores alegres, dibujos expresivos y estética cuidada, con dosis de humor y diversión, absolutamente recomendable para todas las edades, y un objeto ficcional más que podemos añadir a nuestro escaso repertorio. Ojalá pronto se pierda Whip it entre las nuevas publicaciones, porque aunque es una película sobre roller derby, de ninguna forma muestra cómo es el roller derby de verdad. Por suerte, hay muchas páginas en internet que lo muestran: ¡a googlear!